Publicado en concurrencia de causas, Culpa, culpa de la víctima, objetiva o por riesgo, padres, reparto de culpas, Responsabilidad patrimonial

Accidente de menor en bicicleta con un turismo. ¿Concurrencia de culpas o de causas?

Audiencia Provincial de Cuenca, sentencia 223/2002, de 25 septiembre (civil)

Hechos: Menor de seis años en bicicleta irrumpe en un cruce y choca con un turismo

Consideraciones jurídicas: Tratándose de un menor ¿concurrencia de culpas o concurrencia de causas?. Concurrencia de causas. Ciclista 25% 

A este respecto, creemos que resulta, desde luego, de cita ineludible la sentencia dictada por la Sala Primera del Tribunal Supremo de fecha 5/11/97 (ponente: Excmo. Sr. O Callaghan Muñoz). En ella se resuelve un recurso en el cual se razonaba que la responsabilidad de los padres por los hechos realizados por los hijos que se encuentran bajo su guarda, que se establece en el artículo 1.903 del Código Civil, permite colegir que los menores son, sin más, inimputables por lo que no cabe hablar de culpa de los mismos ni, por ende de “compensación de culpas”. El Alto Tribunal señala que no nos hallamos aquí, en realidad, frente a un problema de “compensación de culpas”, sino que lo que importa es la concurrencia de causas, “en que el nexo causal se determina tanto por la conducta de uno (que es demandado como causante del daño) como del otro (que aparece como víctima y es demandante) lo cual provoca como consecuencia que la indemnización por el daño causado no se puede imputar exclusivamente a uno de los causantes, sino que se debe repartir”. Esta resolución nos parece particularmente ilustrativa en la medida en que, a nuestro juicio, no se trata aquí, claro está, de pronunciarnos acerca de la personal responsabilidad de un menor como consecuencia de sus actuaciones eventualmente negligentes, si no que el problema debe enfocarse desde el punto de vista de la existencia o no de causas que limiten (o incluso anulen) la responsabilidad del tercero cuando el daño se produce concurriendo con el comportamiento negligente del mismo otras circunstancias, causalmente eficaces y que, desde luego, no pueden serle atribuidas al tercero a título de culpa. Obsérvese que la culpa exclusiva de la víctima (y la concurrencia de culpas como correlato menor) no es más, precisamente que una excepción (anulación o limitación) a la responsabilidad cuasi objetiva que se predica en el ámbito de los daños causados como consecuencia de la circulación de vehículos de motor. En este sentido, el artículo 1 de la ley sobre responsabilidad civil y seguro en la circulación de vehículos a motor señala que, en el caso de daños a las personas, el conductor solo quedará exonerado de su responsabilidad cuando prueba que los daños fueron debidos únicamente a la conducta o negligencia del perjudicado o a fuerza mayor extraña a la conducción o al funcionamiento del vehículo, señalando que si concurrieran la negligencia del conductor y la del perjudicado se procederá a la equitativa moderación de la responsabilidad y al repartimiento de la cuantía de la indemnización, atendida la entidad respectiva de las culpas concurrentes. Es decir, el problema ha de enfocarse, desde nuestro punto de vista, no tanto desde el prisma de la eventual responsabilidad del menor (campo propio de aplicación del artículo 1.903 del Código Civil) como desde el ángulo de la existencia de posibles causas que limiten, restringen o anulan la responsabilidad del tercero. Por eso, ciertamente, cuando el menor carece de un mínimo discernimiento en relación con el suceso productor de los daños no es ya que aquél carezca también de responsabilidad (o de culpa) sino que su comportamiento o intervención en el suceso no puede servir como límite de la responsabilidad del tercero, que pudo y debió prever que la aparición de un menor de edad pudiese determinar la final producción del daño y que, por eso, resulta, el tercero, el único causante a título de negligencia del resultado lesivo. Así, por ejemplo, la falta de prudencia de un niño en la utilización de atracciones destinadas a ese grupo de personas no puede excluir la necesidad de que quienes los explotan adopten todas las medidas necesarias para evitar el resultado dañoso habiendo de prever esa falta de completo discernimiento de los menores en su primera edad y, por eso, que éstos pueden efectuar comportamientos imprudentes en la utilización de las referidas atracciones. Sin embargo, no es este el supuesto frente al que ahora nos enfrentamos. Hablamos aquí de un menor, que contaba seis años de edad a la fecha de producirse el siniestro, y que circulaba con una bicicleta, sin compañía de ningún adulto, por la vía pública de un casco urbano y que irrumpió en un cruce, procedente de una calle desnivelada (cuesta abajo), sin adoptar ninguna clase de precaución, siendo para el vehículo contrario de muy escasa visibilidad el punto extremo del cruce y de tal modo que, aunque la conductora hoy demandada circulaba a muy escasa velocidad, ni siquiera pudo hacer uso del sistema de frenado (no existe huellas de este tipo en la calzada) al irrumpir el niño de forma inopinada y cuando la conductora ya se encontraba en la intersección de las calles. Por supuesto que la responsabilidad de que un niño de tan corta edad circule solo, sin ningún adulto que lo acompañe, sobre una bicicleta por un casco urbano, no es suya, del menor, (ni tampoco de la conductora demandada) y sí, en todo caso, de sus guardadores de hecho o de derecho, siendo que una elemental prudencia desaconseja la realización de una actividad arriesgada por quien no tiene suficiente discernimiento para calibrar los distintos peligros que el tráfico rodado comporta. Pero lo que aquí ha de tomarse especialmente en consideración es la circunstancia de que ningún conductor puede prever al aproximarse a un cruce que, sin precaución alguna y a cierta velocidad (recordamos que se trataba de una cuesta abajo), va a irrumpir en la calzada e inmediatamente delante de la trayectoria del turismo una bicicleta pilotada por un niño de seis años que trata de girar para incorporarse a la calle por la que el automóvil circulaba. Por supuesto que la conductora del automóvil pudo y debió extremar las precauciones e, incluso, detener su vehículo si es que no le era dable contemplar con la claridad suficiente la calle que confluía con aquélla por la que venía circulando. No se niega, ni puede ya ser objeto de esta alzada, la existencia de responsabilidad por parte de la conductora demandada, al punto que ésta y el resto de los demandados se allanaron parcialmente a las pretensiones de la actora. Pero creemos que no puede negarse tampoco, y por esa razón vamos a desestimar este primer motivo de impugnación, que el comportamiento del menor, que en cuanto tal resultaba imprevisible para Dª Tomasa Cuervo, resultó también causalmente eficaz para la producción del resultado dañoso finalmente producido que, por eso, no puede imputarse en su totalidad a la demandada, debiendo ser su responsabilidad moderada en atención a su efectiva imprudencia que, en este caso, creemos que acertadamente, el juzgador de instancia cuantifica en un setenta y cinco por ciento. Otro entendimiento, es decir, la absoluta negación de toda clase de limitación de responsabilidad por concurrencia de culpas cuando se trata de menores, conduciría al, a nuestro parecer, absurdo resultado de que aún cuando la causa del accidente hubiera sido exclusivamente el comportamiento del menor y la producción del resultado dañoso absolutamente imprevisible e inevitable para el tercero, éste debería responder íntegramente de los daños causados debiendo, en su caso, repetir después contra los representantes legales del menor al amparo de lo establecido en el artículo 1.903 del Código Civil. (FD 1)

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